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lunes, 7 de octubre de 2013

Microrrelato: TRAS LA PUERTA


Abre la puerta.

Hazlo por Bobby, el hijo del hombre importante. El niño que siguió las baldosas amarillas y nunca volvió. A nadie le importa. El hombre con tirantes ya no habla de ello en las pantallas.
La gente olvida.

Pero tú no. Tú eres el héroe.

Encuéntralo, igual que al cachorro. Papá dijo que se había escapado, pero tú podías oírle. El pequeño Bobby, de piel manchada y hocico rosado. Le oías gemir debajo de la casa.

Recuerda el libro. Palabras cegadoras, como un millón de luces de neón estallando en la noche: “Cuidado cuando vayas a cazar dragones…”. Los dragones acechan en el jardín trasero, arrastrando sus vientres sobre jeringuillas usadas.

Sé fuerte, por Bobby. Él cavó durante horas, buscando un cachorro muerto. Y su padre reía… y reía.

Abre la puerta… Salva al niño…

Bobby ha muerto. El héroe ha muerto. Sólo queda el monstruo.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

DOBLE INCIDENTE EN EL BUS



DOBLE INCIDENTE EN EL BUS.
Una aventura "pulp" de Philip y Cairo

Eran las 7:30 de la mañana de un lunes especialmente frío y cruel. Una de esas mañanas en las que la luz parece resbalarse sobre las caras de la gente, dándoles un aspecto siniestro, como de muertos vivientes. Y aguantar aquello con el estómago vacío no ayudaba. Mi madre había olvidado comprar Choco krispies (o eso quería hacerme creer) y esa mañana me había sorprendido con un bol de leche repleto de cereales ricos en fibra, esos que “aportan la cantidad diaria de hierro necesaria y te ayudan a evacuar con regularidad”. Tal vez en el mundo en el que viven las madres, ir al baño cada dos horas sea algo aceptable. Pero un chico de mi edad no puede permitirse bajar la guardia. Debe estar ahí fuera, en las calles. Rodearse de la gente adecuada y enterarse del último chismorreo que pulula en el patio. Los adultos no tienen ni idea de lo duro que es ser un niño de 12 años.
Cairo estaba justo a mi lado, agazapado dentro de su enorme anorak rojo y sorbiendo con pajita un brick de zumo que llevaba media hora vacío. El desesperado lamento del envase, que rogaba ser dejado de lado para poder descansar en paz, comenzaba a exasperarme. Así se lo hice notar a Cairo.
-Perdona Philip… es que estoy un poco nervioso…
Antes de continuar creo que debería aclarar que mi amigo no se llama realmente Cairo. En clase, cuando pasan lista, él responde al nombre de Gonzalo Vellido. Yo empecé a llamarle Cairo porque en una ocasión, viendo una antigua película de detectives con mi padre, había un personaje con ese nombre que era igualito que mi amigo Gonzalo: bajito, ojos saltones, ojeras, labios gordos, rostro achatado… algo así como un sapo, pero bípedo y con raya al lado. Se lo conté a mi padre y él me dijo que era un actor muy famoso que se llamaba Peter Lorre. Era un nombre que sonaba bien, pero era demasiado largo. Así que me quedé con Cairo, que también sonaba bien y tenía un punto exótico. Y mi madre tampoco me llama Philip. Ella y el resto de mi familia se refieren a mí como Felipe. Pero Philip es Felipe en inglés, con lo que son el mismo nombre y el primero suena mucho mejor.
-Por los nervios no he podido pegar ojo en toda la noche. Menos mal que tenía una linterna y el nuevo Amazing Spiderman. ¿Lo has leído?...
Yo ya había pasado esa época en la que la emoción de una excursión con el colegio me impedía dormir la noche anterior, pero aún así, y por una razón muy distinta, yo tampoco había conseguido conciliar el sueño con tranquilidad.
Fue entonces cuando me percaté de que algo andaba mal.
-Espera un segundo…
Cairo asomó su nariz entre los pliegues de su desmesurado anorak.
-¿Qué pasa?
-Escucha.
Los dos permanecimos en silencio. En aquel momento pensé que nuestra imagen transmitiría cierta solemnidad, como si fuésemos un reflejo del perspicaz Sherlock Holmes y su fiel compañero Watson. Pero lo más probable es que el anorak de Cairo restase efectismo y nos convirtiese en una estampa meramente cómica.
-No oigo nada…- dijo Cairo.
-Exacto. Son las 7:30. Lo normal sería que no pudiese ni escucharte debido al griterío de los niños entrando en clase.
La calle estaba completamente vacía. Sólo se oía el leve murmullo de algunos de nuestros compañeros que intercambiaban cromos con actitud clandestina. Aquello no me gustaba. Era como si algo hubiese ahuyentado a los niños. Como si algo les hubiese… asustado.
Fue entonces cuando le vi. Una silueta oscura que emergía de las brumas del horizonte, como una cita fatal con el destino que se hubiese aburrido de esperarnos y viniese a nuestro encuentro. Se llamaba Eduardo Aldecoa, pero todos le conocían como “El coleccionista de orejas”.
Mientras pasaba por delante de nosotros pude notar como el zumo que se acababa de tomar Cairo formaba una bola compacta en el estomago de mi amigo. Pero el coleccionista ya había avistado su víctima.
-¿Qué tenemos aquí? ¡Un chico nuevo!
El nuevo alzó la cabeza de su recién adquirido cromo de Bakero y no se percató de que los chavales a su alrededor se esfumaban al instante. Eduardo iba a añadir otra oreja a su colección.
-Oye nuevo, ¿sabes como suena un idiota debajo del agua?
¡No respondas! ¡Huye! ¡Cambia de colegio ahora que aún estás a tiempo! ¡Cambia de país! ¡De continente! Pero, por lo que más quieras, no respondas…
-No…
El coleccionista se llevó el dedo índice a la boca y lo chupó con esmero. Luego todo pasó muy rápido, pero lo he visto demasiadas veces como para no sabérmelo de memoria: El dedo del coleccionista se hunde en el oído del chico, retorciéndose como una babosa que luchara por alojarse en su cerebro. Al cabo de unos tortuosos segundos, la víctima nota como ese apéndice asqueroso abandona su cavidad auditiva y respira aliviada, creyendo que todo ha acabado. Pero el coleccionista agarra su cabeza y coloca el oído recién martirizado justo enfrente de su boca. Hincha sus pulmones al máximo y grita:
-¡IDIOTAAAAAAAAA!
Era un ritual cruel y primitivo, más viejo que el mismo colegio. Todos habíamos pasado por él y por ello sabía a la perfección como se sentía el nuevo. Lo peor no era tener el oído lleno de saliva ajena, ni el constante pitido que ya no le abandonaría durante todo el día. Ni siquiera era la vergüenza de vivir tamaña humillación tu primer día de clase. Lo peor era esa asfixiante sensación de que tu vida ya no te pertenecía. De que en cualquier momento y en cualquier lugar, el horror podía cernirse sobre ti y no existía posibilidad de refugiarse en las faldas de tu madre.
Pero todas esas cavilaciones pronto abandonaron mi cabeza cuando me fijé en ella. Su cabeza se ladeó suavemente, meciendo una larga melena rubia que brillaba como si desprendiese una lluvia de confeti. Tenía los dientes frontales ligeramente separados, se pasaba todo el recreo intercambiando cartas perfumadas con sus amigas y decía que un día iría a Hollywood para casarse con Leonardo DiCaprio. Se llamaba Elena y yo estaba suficientemente enamorado de ella como para que nada de lo anterior me importara.
Adelanté una pierna dispuesto a acercarme a ella, pero algo me impidió moverme del sitio. La mano de Cairo me agarraba el brazo con fuerza. El coleccionista estaba frente a nosotros.
-¿Qué estás mirando cara de rana?
¡Cairo había mirado directamente al coleccionista! No había posibilidad de escapar de aquello. Una cosa era que Eduardo te encontrara en el pasillo y se entretuviera un rato machacándote. Al final se aburriría y te abandonaría igual que se escupe un chicle que ha perdido el sabor. Irías a la enfermería y agradecerías seguir con vida. Pero, en el lenguaje del coleccionista, mirar directamente a los ojos significaba agresión.
Desvié la mirada hacia Elena y vi como subía al autobús. Aquella era mi oportunidad. Podía subirme, sentarme a su lado y aprovechar el trayecto para hablar con ella. Era una oportunidad de oro… pero a veces, un niño tiene que hacer lo que tiene que hacer.
-Oye Eduardo… ¿por qué no te metes con alguien de tu tamaño?
Enseguida me arrepentí de haber dicho esas palabras. ¡Genial Philip! Estás a punto de morir y sólo se te ocurre esa frase de serial barato como últimas palabras. Será un epitafio de lo más elocuente.
            El coleccionista me atravesaba con su mirada alimentada por el odio y yo podía sentir como apretaba el puño con fuerza. Puse mi mente en blanco e intenté encarar mi destino con dignidad. Un destino en forma de tren de alta velocidad con única parada en mi cara.
            -Aldecoa, Bellido y Martínez. No se demoren más señores. No todos los días tiene uno la oportunidad de visitar el museo de Historia Antigua…
            El quebradizo hilo de voz de “El momia”, nuestro profe de Historia, fue como música celestial para mis oídos. El coleccionista me lanzó una última mirada letal y se dirigió hacia la puerta del bus. Mi ejecución había sido pospuesta, pero no me permití el lujo de alegrarme, sabía que mi ajusticiamiento era algo inevitable. Con estos pensamientos en la cabeza, subí la pequeña escalinata que daba entrada al autobús.

            “Sergio se ha hecho pis en el saco de dormir”… “¿Quién, yo?”…“¡Sí, tú!”…“Yo no fui.”…“¿Entonces quién?”…“¡El blando!”
            Siempre había alguien que nombraba a “El blando”. Un chico flaco y debilucho que no jugaba al fútbol, era alérgico a casi todos los alimentos que existían y, sobre todo, no llevaba bien los viajes en autobús. El blando nunca participaba en el juego porque no podía interrumpir su ciclo respiratorio. Si llegase a decir una palabra, lo más seguro es que vomitase el vaso de leche de soja que había tomado para desayunar. Suceso que, por otra parte, acontecería igualmente más o menos a mitad de la travesía.
            -¿Un caramelo “PEZ”?
Cairo me acercó el envase de caramelos y, con un grácil movimiento de pulgar, levantó la cabeza de Spiderman que servía de tapa.
            -No, gracias. Lo he dejado.
            Cairo sacó un par de caramelos y se los metió en la boca. Yo miré hacia otro lado, pero lo que vieron mis ojos no me alivió en absoluto. El coleccionista y Elena se habían sentado juntos y, lo que era aún peor, ella parecía divertirse. Empezaba a pensar que aquella hubiese sido la mañana perfecta para fingir un resfriado, quedarme en casa y pasarme aquella pantalla del Zelda que se me estaba resistiendo.
            -“María se ha hecho pis en el saco de dormir….”
            En ese momento noté la mano regordeta de Cairo que se posaba con gentileza sobre mi hombro.
            -No te tortures más Philip. ¡Fíjate en Spiderman! El pobre Peter Parker perdió a manos del malvado Duende Verde a su querida Gwen Stacy (que por cierto, también era rubia) y pensó que nunca podría superarlo. Pero entonces conoció a Mary Jane Watson. Una chica guapa, inteligente, pelirroja y con la cara llena de graciosas pecas…
            Cairo se aturulló un momento, como si establecer la relación entre la situación amorosa de Spiderman y la mía fuese la parte más complicada de su exposición.
            -Lo que quiero decir… es… bueno… que tal vez tengas que esperar a tu propia Mary Jane Watson…
            Me sorprendí a mí mismo considerando la vida amorosa de un personaje de cómic que vestía leotardos y, sencillamente, me rendí.
            -Tal vez tengas razón Cairo…
            -“Philip se ha hecho pis en el saco de dormir…”
            Entonces, una clarividencia que sólo puede ser calificada de locura asaltó mi mente. Tal vez Cairo no tuviese razón a fin de cuentas.
            -“¿Quién yo?”
            -“¡Sí, tú!
            Cairo pareció adivinar mis intenciones. Es un buen amigo, eso no se lo puedo negar. Y como buen amigo que es, intentó detenerme.
            -No lo hagas…
            Pero ya estaba decidido.
            -“Yo no fui.”
            -“¿Entonces quién?”
            Quería a Elena. ¿Por qué iba a rendirme sin luchar por ella?
            -“¡Eduardo!”
            El tiempo se congeló. El autobús entero enmudeció al instante. Sólo se oía la respiración del blando. Una respiración grave y profunda que parecía el estertor mortecino de un mundo agonizante. El coleccionista se levantó en silencio y avanzó por el pasillo. Yo lo veía todo a cámara lenta. Probablemente mi cerebro había agudizado mis sentidos al sentirse amenazado. O tal vez me estaba mareando por estar en ayunas. El coleccionista me señalaba con el dedo mientras gritaba algo que no podía entender. No importaba, había llegado el momento de vencer o morir. Recé para que mis piernas me respondieran y cuando iba a levantarme…
            -¡AAAAAAAHHHHHH! ¡GONZALO SE HA HECHO PIS!
            Mi mente tardó un poco en reaccionar pero al final conseguí girarme hacia Cairo. Su asiento estaba empapado. Tenía una expresión de angustia indefinida, pero aún así pude ver claramente como me sonreía.
            -Cairo… ¿qué has hecho?
            -No… no debí tomarme ese zumo… antes de subir al autobús…
            Yo le miré extrañado. Lo normal sería que estuviese llorando y demasiado avergonzado como para ni siquiera mirarme. Pero Cairo seguía sonriendo.
            -Ve con ella… tigre…
            Entonces lo comprendí todo. Recuerdo haber dicho que Cairo era un buen amigo. Me equivocaba: Cairo es el mejor amigo que uno puede tener y es el único héroe de esta historia. Le di las gracias, pero creo que ni siquiera pudo escucharlo. La gente empezó a agolparse a su alrededor para ver de cerca al chico que se había meado encima. Y Cairo seguía sonriendo.
            Me levanté y avancé por el pasillo. El coleccionista pasó por mi lado sin ni siquiera dedicarme una mirada. La distracción de Cairo era demasiado jugosa para él. Llegué hasta el asiento vacío al lado de Elena y me senté. Ella me miraba como si fuese un juguete nuevo, recién sacado del paquete.
            -Ése es el asiento de Eduardo.
            -Bueno, ahora mismo no está ocupado.
            -Pero yo sí. Estoy saliendo con él.
            -Parece que ahora está más interesado en otras cosas.
            En ese momento se oyó la elocuente voz de Eduardo.
            -¡Joder, cara de rana! ¡Te has meado!
            Elena apartó la vista del tumulto y me estudió de nuevo con la mirada.
            -¿Por qué te llaman Philip?
            -Es Felipe en inglés. Y Philip suena mucho mejor, ¿no crees?
            -Eres gracioso. Me gustan los chicos graciosos.
            -Y eso que acabas de conocerme.
            Ella se estaba riendo, lo cual significaba que todo iba bien. Sin embargo sentía la desagradable sensación de que estaba pasando algo por alto. Entonces, justo al lado de mi oído, escuché la respiración entrecortada del blando.
            -¡Estamos a mitad del trayecto!
            Detrás de nosotros, el pálido rostro del blando se había vuelto amarillo. Me giré y vi que Elena me miraba con sus preciosos ojos azules, exageradamente abiertos: bonita imagen. La retuve en mi mente al mismo tiempo que me abalanzaba sobre ella.

            El autobús había parado en el arcén de una carretera comarcal, rodeado de un paraje de helechos mortecinos que se asfixiaban bajo un mar de niebla. El lugar ideal para que un niño de 12 años, cubierto de leche de soja regurgitada, contemplase como el mundo se caía a pedazos. El coleccionista le estaba lanzando piedras a una vieja cabaña abandonada mientras, a pocos metros, Elena lo celebraba con deleite.
            -Lo superará Martínez. Hágame caso. Los niños de su edad siempre lo hacen.
            Por si fuera poco, el momia estaba a mi lado, siendo testigo de mi debacle.
            -Con todo el respeto señor Barberá, no tiene ni idea de lo que es ser un chico de mi edad.
            El momia se adelantó unos pasos y lanzó una mirada llena de solemnidad al horizonte, semblante que adquiría siempre que iba a hablar del Egipto faraónico u otras épocas aún más remotas.
            -Olvida usted que yo también he tenido su edad…- Lo dicho, épocas remotísimas.- Y, aunque no lo crea, también suspiré por el amor no correspondido de una joven dama…
            El momia se achicó un poco. No creo que pudiese mantenerse erguido durante mucho tiempo, a no ser que estuviese hablando de pirámides.
            -El tiempo es un amante caprichoso: me ha brindado la posibilidad de conocer los secretos de civilizaciones extintas hace miles de años… pero no me ha permitido albergar un simple recuerdo: el dulce rostro de una niña…
            Aquella muestra de evidente humanidad por parte de un profesor me pilló por sorpresa. Uno siempre imagina que tras la identidad de un profesor puede esconderse cualquier cosa: un explorador de una raza alienígena que planea conquistar nuestro planeta o un ser cibernético programado por el gobierno para identificar y destruir cualquier síntoma de individualidad que presenten los chavales. Lo que no te esperas es que sean seres humanos.
            -¿Qué fue de ella?- pregunté sin pretenderlo.
            -No lo sé. Nunca volví a verla.- El momia se giró y me miró, sonriendo- Pero lo superé, lo mismo que le ocurrirá a usted.
            Entonces bajó la mirada y avanzó indeciso hacia el autobús. Pero, después de unos pasos, frenó en seco y se giró hacia mí una última vez.
            -¿Sabe una cosa Martínez? A veces tengo la sensación de que los niños y los adultos no somos tan diferentes al fin y al cabo.
            Dicho esto, dio media vuelta y siguió su trayecto hacia el autobús, convencido de que me había dejado una valiosa lección sobre la que reflexionar. Y era cierto, tenía mucho sobre lo que pensar. Mi profesor de historia había sido un niño de 12 años. Un pobre chaval al que una niña había rechazado y, años después, se había convertido en el momia. Tal vez era casualidad o tal vez no. Si se daba el segundo caso, entonces le podía pasar a cualquiera. Me podía pasar incluso a mí.
Eso era lo más duro de ser un niño: tarde o temprano acababas por convertirte en un adulto.
            El coleccionista alcanzó una de las ventanas de la cabaña con una piedra y, mientras el cristal y mi corazón se hacían añicos, Elena aplaudía emocionada.
            ¡Dios, como necesitaba un caramelo PEZ en esos momentos!

jueves, 1 de noviembre de 2012

THE MAN COMES AROUND

No se consideraba un tipo impresionable. Poseía el elegante estoicismo de los que han visto cerrarse tantos ojos que nunca volverían a ver el sol y el diablo siempre les paga el último trago antes de que se esconda la noche. Lo había visto casi todo, pero ahora las estrellas caían del cielo y la muerte cabalgaba sobre las nubes.

El Hombre le señaló con aquella mano que desataba tormentas y con la voz del fuego le dijo: "Arrepiéntete o no lo hagas, porque tú no verás el día del juicio".

Se acordó de su profesora de segundo, pellizcándole en el brazo mientras le llamaba "mentecato" y le prometía que nunca llegaría a nada. Rió y brindó con una copa que no tenía, porque jamás hubiese imaginado llegar tan lejos.

martes, 23 de octubre de 2012

"PAPÁ VIENE ESTA NOCHE". Primer premio en el VI Concurso de Relato corto del Ayuntamiento de Castellón

PAPÁ VIENE ESTA NOCHE
-N. y Esther:
El hermano menor, al que algunos llamaban el hermano normal y nosotros llamaremos simplemente N., yacía de espaldas sobre la cama mientras sus dedos se distraían acariciando el escaso vello que poblaba su pecho. Ésta era, con diferencia, la parte que más disfrutaba del sexo: las sábanas empapadas contra su cuerpo desnudo, las ligeras punzadas en el bajo del abdomen, la satisfacción que iba ganándole el pulso a la euforia… en resumen, el goce ante la demostración de lo que era capaz de hacer, muy por encima del simple hecho de hacerlo.
            -¿Sabes? Siempre le he temido a la oscuridad.
            Esther ni siquiera movió un músculo. Sentada en el borde de la cama, fumaba mecánicamente un cigarrillo que no le tranquilizaba como ella esperaba que lo hiciese.
            -Tú no le temes a la oscuridad.
            Ella le pegó otra calada al cigarro y desvió su mirada hacia el suelo, preguntándose dónde habría ido a parar su ropa interior.
            -Sí,- contestó él- siempre le he tenido miedo, desde pequeño. Lo superé hace poco... Hará cosa de un año, la época en que te conocí.
            Esther exhaló con fuerza, esbozando con sus labios una diminuta vía de escape para el humo del tabaco.
            -Ya, claro…- respondió.
            Se levantó para, inmediatamente, arrodillarse en el suelo, asomándose bajo la cama con la esperanza de localizar alguna de sus prendas.
            -Podía ser cualquiera- continuó N.- El monstruo del armario, escondido entre las chaquetas; la mujer de los espejos, que te raja el cuello si la miras a los ojos; o la garra que acecha bajo la cama, esperando agarrarte el tobillo cuando te levantas en mitad de la noche…
            N. vio como Esther emergía del suelo. Todavía desnuda de cintura para abajo, se puso el sostén que acababa de encontrar. Él siguió las líneas de su cuerpo con la mirada.
            -Yo no sabía cual era, pero estaba seguro que al menos uno de ellos vivía en la oscuridad de mi habitación... Esperando a que llegase la noche y mis padres se acostaran… Esperando para venir a por mí…
            Esther ya había encontrado sus bragas y se estaba abrochando la camisa.
            -Bueno, supongo que ése es un temor bastante común entre críos.
            -Sí…- respondió él- Pero el dolor era real…
            Esther levantó la vista y buscó la mirada de N. Ésta parecía clavada en algún punto de la pared, tan congelada, tan quieta, que Esther tuvo la absurda idea de que, si se colocaba ante ella, atravesaría su cuerpo como si no fuese más que humo.
            -Por eso siempre me aterró la oscuridad. Hasta que hace un año, cuando aún vivía con mi hermano, en casa de mis padres…
            Se giró y miró fijamente a Esther, la cual, todavía imbuida por su absurda ocurrencia, se asustó al pensar que la mirada de N. realmente le atravesaría.
            -… Ocurrió algo inesperado.

-N. y D.:
            El hermano mayor, al que algunos llamaban el hermano loco y nosotros simplemente llamaremos D., estaba reorganizando su colección de cromos sobre la mesa de la cocina. Era una de esas colecciones antiguas de cromos de papel, de los que ni siquiera llevaban adhesivo en el reverso y tenías que aplicarles tú mismo la cola. Se dividían en distintas categorías: animales terrestres, aves, fauna acuática, flora, insectos y culturas del mundo. Pero D. adoraba reordenar su colección. Muchas veces la organizaba de acuerdo a patrones más o menos evidentes (en una ocasión mezcló todas las categorías para hacer una nueva clasificación según la zona geográfica que compartían las distintas especies y razas) pero, en ocasiones, se regía por criterios mucho más difíciles de identificar (una vez, N. vio que D. había colocado todos los cromos en una hilera larguísima y no alcanzaba a adivinar qué criterio seguía esta nueva organización. Emocionado por el interés de su hermano, D. le explicó que, llegado el momento, ése era el orden en el que todos los seres vivos de la tierra irían extinguiéndose hasta que, finalmente, la tierra dejase de existir).
            - …¿Tal vez según su esperanza de vida?- aventuró N.-…¿En orden ascendente?
            D. siguió colocando los cromos a una velocidad pasmosa, deteniéndose de vez en cuando con uno de ellos en la mano y observando todos los montoncitos, como si estuviese jugando un solitario.
            -Buen intento, pero entonces casi todos los insectos estarían a la cabeza y el último sería el Pinus aristata de 4.800 años.
            N. resopló exageradamente y se recostó en la silla, dando a entender que se rendía. Su hermano siguió con su frenética actividad.
            -He conocido a una chica…-dijo N.
            -Eso explicaría tu falta de concentración.-  respondió D.
            -Se llama Esther…
            N. se esforzó en recordar su cara al detalle, pero sólo consiguió vislumbrar algunos rasgos con gran vaguedad (una sonrisa, el bucle de un mechón de pelo, ojos despiertos…). “La he visto muy pocas veces” se dijo, “la próxima vez me fijaré bien para poder recordarla al detalle”.
            -…Creo que le gusto…
            -Ten cuidado…
            N. se giró hacia su hermano, escrutando su rostro.
            -¿Por qué debería ir con cuidado?
            -Ya sabes: “A una chica regálale tu mejor sonrisa, pero las lágrimas guárdatelas, ya que nunca sabes lo que podrá hacer con ellas”.
            -Eso nos lo decía mamá.
            D. asintió y vaciló un instante a la hora de colocar un cromo en un montoncito u otro adyacente. Luego dijo despreocupadamente:
            -Por cierto, hoy la he visto.
            -¿A quién? ¿A Esther?
            -No, a mamá.
N. miró extrañado a su hermano.
            -…¿Cómo que has visto a mamá?
            -Esta tarde, aquí en la cocina. Supongo que tenía ganas de hablar.
            N. se rascó la incipiente barba, nervioso. Se removió en la silla como si su asiento estuviese ardiendo y se encaró a su hermano.
            -¿Has hablado con ella?
            En un principio D. no respondió, manoseando los cromos con aire dubitativo. Finalmente, soltó el fajo que sostenía y miró a N.
            -Sí…
D. podía sentir la mirada de su hermano: una mirada triste y afilada, como un hueso roto cuyas astillas se clavasen en las entrañas de su hermano. Pero D. nunca expresaba esas cosas. Simplemente no se le daba bien hacerlo.
-Y… ¿qué te ha dicho?
D. vaciló un instante antes de responder.
-Nada… Bueno, muchas cosas… Ya sabes como es mamá…
D. Había querido sonar convincente, pero fingir tampoco se le daba bien.
N. permanecía con la mirada clavada en una mancha de suciedad en el suelo.
-Me ha dicho que deberíamos ser más limpios.- dijo D.- Cuando he entrado estaba fregando los platos.

-D. y mamá:
-Os he enseñado muchas cosas, pero lo que no os he enseñado es a ser unos guarros…
            D. tenía la cabeza gacha, sintiéndose avergonzado como sólo su madre era capaz de hacerle sentir. Pero ahora no podía evitar mirarla de reojo, como si la espiase furtivamente. La mujer que lavaba los platos frente a él era su madre, sin duda. Vestía aquél trajecito azul que él y su hermano le habían regalado para su cumpleaños, el verano de un año que no conseguía recordar. Pero D. se dio cuenta que su cara le recordaba mucho a alguien que, por extraño que pareciese, no era su propia madre. Al cabo de un rato cayó en la cuenta: le recordaba a la Mujer Maravilla, tal cual estaba dibujada en una viñeta, a página completa, de un cómic que le encantaba cuando era pequeño. D. se preguntó si su madre alguna vez había sido tan guapa como la veía ahora mismo. Lo cual no dejaba de ser curioso, teniendo en cuenta que ella estaba muerta.
            -Pensaba fregar los platos de aquí un rato…-balbuceó D.
            -Claro, una vez la salsa estuviese bien reseca.
            D. decidió callarse. Sabía que en estos casos siempre era la decisión más inteligente. Se sentó en una de las sillas de la cocina mientras su madre seguía fregando.
            -Mamá, ¿has venido únicamente para fregar los platos?
            -Por supuesto que no.- aseveró la madre- Si esa fuese la razón habría venido mucho antes… y mucho más a menudo.
            -Entonces… ¿a qué has venido?
            El agua corría sobre las manos de la madre, blancas y suaves como si fuesen de porcelana. Con los dedos aún goteando, alzó la mano y apartó un mechón de pelo que caía sobre su frente, recogiéndolo con un delicado gesto detrás de la oreja.
            -A lo que vengo siempre hijo: a cuidaros…A advertiros.
            D. apartó la vista, intimidado.
            -… ¿A advertirnos?
            -Quiero que cuides de tu hermano-le interrumpió su madre.-lo que viene va a ser muy duro para él…
            D. miró a su madre y, por primera vez, le vio los ojos. Únicamente se podía adivinar que era una mirada triste, igual que adivinarías que el rostro de una estatua había sido esculpido con intención de reflejar ese sentimiento.
            -…¿Y qué es lo que va venir mamá?
            La madre esbozó una sonrisa y a D. le asustó el esfuerzo que su madre parecía necesitar para hacerlo.
            -Es papá, cariño… Papá viene esta noche.
            D. no contestó. Lo único que hizo fue sacar su colección de cromos y repartirlos por la mesa. La madre se giró, dedicándose de nuevo a la pila de platos sucios. A D. se le ocurrió preguntarle a su madre cómo era morirse: ¿Dolía? ¿Era verdad lo de la luz al final del túnel? ¿Debía hacerse ilusiones con el más allá? Ese tipo de cosas. Pero luego pensó que no podía tener la seguridad de que su madre fuese a decir la verdad. ¿Acaso una madre no preferiría mentir a su hijo, antes que desvelarle una verdad horrible?

-D., N. y papá:
            -No quiero que te asustes- dijo D.-, pero papá está en el dormitorio.
N. observaba el rostro de su hermano, rígido e inexpresivo mientras le decía que su padre, muerto hacía años, se encontraba en el dormitorio al final del pasillo.
            -…¿Y por qué…?- N. se percató de que le temblaba la voz- …¿Y por qué no viene aquí?
            -Hay algo que debo explicarte N., por tu bien…
            Su hermano se acomodó en la silla y meditó un instante.
            -Los muertos… no tienen forma propia en el plano físico- comenzó D.-  No van por ahí con las ropas hechas jirones, ni arrastrando pesadas cadenas…
            D. calló un momento. Recordó la página cuarteada de un viejo cómic de la Mujer Maravilla y se culpó por haber sido tan descuidado como para haberlo perdido. Luego prosiguió.
            -Somos los vivos los que proyectamos una imagen sobre ellos que podamos percibir. Son nuestros recuerdos, sueños y… miedos… los que les dan formas.
            D. observó a su hermano: la completa inmutabilidad de su rostro era un claro indicio de que no había dado la explicación por terminada. Así que D. puntualizó.
            -Papá no quiere venir… porque teme lo que puedas ver…
            N. seguía confuso: su padre había muerto cuando él era bastante pequeño con lo que, realmente, no albergaba prácticamente ningún recuerdo sobre cómo había sido vivir con él. A decir verdad, era como si su padre hubiese sido borrado de su memoria.
            -Yo…- musitó N.- Creo que no sabría qué decirle…
            -No importa- dijo D.- Es él el que quiere hablar contigo.
            N. miró a su hermano y luego agachó la cabeza. Las piernas le temblaban violentamente, aunque no entendía por qué.
            -Dice que sabe lo de los monstruos…
            N. se quedó sin habla. Por un momento sintió que se ahogaba, que le faltaba aire para respirar. D. siguió hablando.
            -Quiere que le perdones por no… por no haberte protegido.
            ¿Podría su padre haberle protegido?
            -Creo…- concluyó D.- Creo que sólo quiere que le des otra oportunidad…
            Si podía, ¿por qué no lo había hecho? ¿Por qué no le protegió?
            - D.- dijo N.- ¿Cómo era papá?
            La pregunta le pilló por sorpresa. Sonrió y miró hacia la mesa de la cocina.
            -¿Sabes? Es la primera vez que organizo los cromos en ese orden.
            Ambos se tomaron un instante para observar aquel extravagante mosaico: una miríada de rostros inertes con expresión estúpida, como la mirada negra y áspera de un animal disecado.
            -Ese es el orden en que papá me los compró.- dijo D.- Desde el primero hasta el último.

-N. y papá:
            En pie, frente a la puerta cerrada del dormitorio, N. se preguntaba qué era exactamente lo que había cambiado en comparación con las otras miles de veces que había estado ante esa misma puerta. Se respondió que, aparentemente, nada. Pero, aun desde el exterior, podía sentir la presencia de aquello que había ocupado el dormitorio donde habían dormido sus padres. Era como si la habitación entera estuviese respirando: la respiración profunda y aletargada de un ser informe y pesado. N. agarró el pomo de la puerta y pudo sentir que el metal vibraba ligeramente, como si emitiese un lento grito de agonía. Giró el pomo y abrió la puerta. Dentro no se veía nada, solo la más pura oscuridad. N. entró en la habitación y sintió cómo su cuerpo, literalmente, se sumergía en una oscuridad fluida y viscosa como si se adentrase en aguas pantanosas. N. se fusionó con la oscuridad. Fue entonces cuando sintió aquel dolor de antaño que, hasta aquel día, había permanecido enclaustrado en algún sótano de su memoria. El dolor de los monstruos: las garras desollándole, el amargo aliento de azufre bañándole la espalda… y el fuego que se introducía en su cuerpo y le quemaba las entrañas. Sentía que se desvanecía. “Creo que voy a desmayarme” se decía “O quizás es esto lo que se siente cuando te estás muriendo”. Pero entonces oyó las palabras, susurradas en su oído como una dulce nana: “No tengas miedo. Soy yo: papá”.

-N. y los monstruos:
            Aunque aún era verano, N. se tapaba con la sábana a la altura de la nariz. El calor era insoportable y su cuerpo sudaba como el de un pollo dentro de un horno. Tenía 10 años y podía escuchar claramente cómo los monstruos se revolvían en la oscuridad de la habitación. Deseaba gritar para que sus padres viniesen, encendiesen la luz y todo volviese a la normalidad. Pero tenía la garganta cerrada, como si una mano le estuviese estrangulando para impedirle pedir ayuda. Entonces notó que algo se subía a la cama. N. se tapó por completo, queriéndose proteger de lo que pudiese haber al otro lado de la sábana. No existe terror más puro que el que la oscuridad despierta en los niños. Algo dentro del pequeño N. se quebró y de su garganta surgió un leve y desesperado lamento que, lo que se movía al otro lado de la sábana, pudo advertir.
-No tengas miedo. Soy yo: papá.
A la voz del padre le siguieron las palabras húmedas, el aliento a cerveza, las garras estrujando carne y, finalmente, aquel ardor: el fuego que se introducía en su cuerpo y le quemaba las entrañas.
-N. y Esther:
            -Él lo sentía- dijo N.- Sabía que me habían hecho daño y sentía no haberme protegido.
            Esther, ya vestida, estaba sentada en el extremo de la cama. Se esforzaba en no escuchar lo que N. le decía y, por supuesto, lamentaba haber llegado a esa situación.
            -Me dijo que nunca más me abandonaría- masculló N., sintiendo que no era él quien hablaba, sino una voz que susurraba desde la parte posterior de su cabeza.
            -Lo nuestro se ha acabado- dijo Esther- Vernos esta noche ha sido un error.
            -…Dijo que me protegería… que nadie, nunca más, me haría daño…- La voz en su cabeza retumbaba como un taladro que estuviese atravesándola.
            Esther se dio la vuelta y observó a N.: desnudo, tumbado en la cama, con la mirada hueca y clavada en el techo. Era como si el hombre que una vez había amado hubiese mudado de piel y hubiese dejado atrás aquel cascarón vacío e inútil. Esther sintió lástima y este sentimiento le hizo bajar la guardia. Se inclinó para besar a N. en la mejilla, únicamente como señal de despedida. Pero él se giró y la miró fijamente a los ojos con unas pupilas que parecían puñales.
            -¿Te gustaría conocer a mi padre?
            A Esther le sorprendió la pregunta. Se aturrulló un momento y no supo qué contestar.
            -Él quiere conocerte- continuó él- pero espera, mi padre no soporta la luz.
            Antes de que Esther pudiese decir nada, N. apagó la luz del cuarto: “No llores” pensaba, “que lo último que haga esta zorra no sea verte llorar”.

           

jueves, 13 de septiembre de 2012

UN SUEÑO

           Estaba tan oscuro que me costaba ver mis propias manos. Las puse delante de mi cara y empecé a girarlas y agitarlas con fuerza. Sabía que estaban allí y que eran mis manos, pero entonces solo eran algo borroso, como las manos de un fantasma… no, como las alas de una langosta, que las ves, pero no las ves. Estaba oscuro y hacia frío y yo estaba un poco asustado, pero todo el rato me convencía que no tenía porque tener miedo, pues mi padre estaba a mi lado y él no me llevaría a ningún sitio donde pudiera pasarme algo malo. Entonces mi padre se acercó y me susurró al oído: - …Mira hijo. Ya viene…- Y el cielo se llenó de luz de plata.

El tren era muy extraño, pero era el mejor tren que pudieras imaginarte. Era larguísimo, pero no se veía que tuviera vagones, solo ventanas y ventanas y más ventanas. Y brillaba mucho. Brillaba como si estuviera todo hecho de luz. Me pregunté quien tendría la suerte de conducir ese tren.

Por dentro, el tren se parecía mas a los demás trenes y parecía que fuera más viejo. Pero los asientos eran muy cómodos y absolutamente todo, el suelo, las paredes y las puertas (por que era raro ya que, aún sin haber vagones, sí había puertas) estaba cubierto de una moqueta que, mucho tiempo atrás, había presentado un aspecto radiante y colorido. Había pasajeros, pero no pude verle los ojos a ninguno. A decir verdad, tampoco me di cuenta de si tenían o no ojos. Entonces mi padre me dijo que esperara, que tenía que hablar un momento con el revisor. Y se fue.

El tren se puso en marcha y mi padre aún no había vuelto. Quise ser valiente y aguantar, pero miré hacia todos lados y no conseguí verle en ninguna parte. Fue entonces cuando vi la silueta enorme y rechoncha del revisor al final del pasillo. Me acerqué a él y llamé su atención. El cuerpo del revisor era tan grande, que a duras penas cabía por los pasillos del tren, así que en cuanto le llamé, con gran dificultad se dio media vuelta para dirigirse hacia mí. Pese que a su presencia me horrorizaba (tenia la cara hinchada y sin forma, como la masa antes de hornearse y convertirse en pan) le pregunté por mi padre, pero claramente estaba muy poco interesado en darme esa información y sí muy interesado en ver mi billete, así que me escurrí por debajo de sus piernas y fui a buscar a mi padre por el resto del tren.

Miraba por todas partes pero el pasillo no cesaba de continuar y continuar. Me asusté. Me asusté mucho y no pude evitar caer sobre mis rodillas y llorar como si no fuera más que un niño. Entonces escuché algo. Me dirigí corriendo a la ventana y allí lo vi. Era mi padre y estaba fuera. Sabía que era mi padre aunque no se parecía a él. Tenía unas piernas larguísimas que le elevaban por encima del tren y un gran gorro de chistera, como el que tienen los magos para esconder sus conejos. En ese momento no estaba triste, porque sabía que había encontrado algo. Y mi padre, como respondiendo a mis pensamientos, empezó a escribir, con humo, algo en el aire. Una palabra. Una palabra que, viéndola ahora, sé que es lo que he estado buscando toda mi vida.

lunes, 5 de diciembre de 2011

CUANDO LA CIUDAD DUERME

  -->Ya caída la noche, las calles de la ciudad están vacías. Los escaparates de los comercios muestran sus rutilantes productos, que sumergidos en una oscuridad inerte parecen la sombra de una promesa de felicidad inalcanzable.
Solitarios dispositivos de limpieza riegan con indiferencia el asfalto, cuya superficie mojada refleja la luz dorada de los faroles, bañando las calles de oro. Poseído por un febril delirio, un pintor borracho maldice al cielo por burlarse de su mediocridad.

Silencio. La ciudad duerme.

Bajo tierra, el metro atraviesa los oscuros túneles que alimentan la mente de ese gran Leviatán dormido: El infinito subconsciente de la ciudad.
Transeúntes, noctámbulos y corazones perdidos son zarandeados al unísono, siguiendo el monótono repiqueteo que genera el avance frenético de los vagones.
Miradas vacías, agrietadas por el exceso de tiempo y la escasez de pasiones.

La ciudad se remueve, intranquila.

Mientras el metro sigue su viaje, un hombre, asiendo con fuerza una botella como fiel compañera, alza la vista del suelo y rompe a reír repentinamente. Ríe de un chiste ya olvidado y sin ninguna gracia, pero llora irremediablemente hasta que le duele la mandíbula.
Una chica pelirroja duerme sobre el regazo de un viejo amigo. Él no puede dejar de mirar sus labios, que inconscientemente murmuran el nombre de un amor secreto.
Y en una esquina del vagón, encogido y tembloroso, un viejo vagabundo intenta conciliar el sueño antes de que la noche acabe. En su cabeza tararea una canción que inventó hace tiempo, siendo sólo un niño. Y es la canción más bonita del mundo.

Silencio. La ciudad sueña.

lunes, 4 de julio de 2011

MICRORRELATOS

GUERRA. Desde el prominente peñasco, sintió el millar de ojos extasiados de la infame horda: Aberraciones abisales; defecación inmunda del adversario. Junto a él estaban sus semejantes. Cegados por el poder de su nombre le juraron fidelidad eterna. Y entonces vaciló. Le aterró el odio que le devoraba, como un parásito que ansiara su muerte. Pero sólo fue un instante. El Portador de Luz alzó su espada y un enjambre de alaridos iniciaron la Guerra contra el Cielo. 


EL NUEVO. Aquello era lo único que Jack podía llamar "hogar". Trabajaba en un bar, haciendo números de magia y el público le adoraba. Hasta que llegó el nuevo. Jack le había contratado como ayudante y ahora todos venían a ver la celebridad. "Pero yo soy Jack, el de Whitechapel", insistía él. Un día, Jack decidió partir por la mitad a su ayudante, esta vez sin truco. El medio torso de Adolf sonrió estúpidamente. Jack detestaba que al Infierno sólo llegaran muertos. 


UN CASO REAL. Ayer por la tarde, tras una breve siesta, un hombre se quitó la vida. Por la mañana, tras visitar al notario, llamó a su novia para comer juntos. Ella no tenía tiempo. Él insistió, sin darle importancia. Ella accedió, pensando que igual daba. Comieron en casa y ella se marchó sin girarse. El hombre cerró los ojos. Soñó que estaba solo, en una habitación muda. Un pajarillo revoloteaba tras la ventana. Y él sólo oía el batir de sus alas. 

martes, 17 de mayo de 2011

ÉL


Inesperadamente, aquella estaba resultando una tarde de lo más agradable.
Reclinado desde la orilla, lanzó una mirada distraída al divertimento de los bañistas: Minúsculas cabecitas que chapoteaban en una suerte de solaz inocencia. Era como contemplar, indiferente y distante, el bullicio de otro mundo. Un universo mínimo, revoltoso como una sinfonía joven e impaciente. Satisfecho, divagó en ocurrentes analogías: El laborioso frenesí de una colonia de hormigas;  La vorágine caníbal de las partículas microscópicas. Todo tan desesperado y fútil. 
Alguna de esas diminutas cabecitas era ella. No la reconocía, pero eso poco le importaba. Y de todo aquello, eso era lo más sorprendente: La absoluta ausencia de preocupaciones. Hubiera podido creer que los tormentos que hace sólo días le torturaban, le hubieran llegado indirectamente, como reflejados en las páginas de un libro, propios de un personaje de ficción.
Intuyó que la felicidad debía ser eso. Si no, algo muy parecido.
Despreocupado, permitió que le invadiera el sopor y se tumbo bocabajo, sobre la arena.
Ya no tenía porque seguir sufriendo.
Pero la voz dice: No existe paz para siempre.
Un latido salvaje le invocó desde lo más profundo. Un imposible alarido que hervía inclemente en su sangre.
A sus espaldas el mar rugía furioso, en un tumulto de éxtasis y pesadilla.
El ansia devoraba sus tripas y frente a él, en absoluto delirio, creyó vislumbrar una montaña de purulentos cadáveres: hinchados, cercenados, violados y mordidos. Aquello le excitó.
¿Cómo podía haber sido tan iluso? ¿Cómo se permitió bajar la guardia?
Ignorante y estúpido, yacía esperando el inexorable castigo. Pues es cierto, engañó a muchos y la engañó a ella. Pero a aquello nunca podría esconderle su secreto.
Pensó que creyó amarla. Incluso había imaginado una vida, juntos.
Pero él era un depredador.
Más allá no había nada.


El amor loco (On the road)

El paisaje ya sólo era una amalgama irreconocible y trepidante que silbaba  en nuestros oídos. Sonreí, ebrio y satisfecho. Aquello era lo único que contaba: Los kilómetros que dejabas atrás y los que te separaban de tu destino. En medio no había nada más que aquel Cadillac atronador, atravesando temerario los límites del control. Dean estaba más pletórico que de costumbre. Aquellos polvos cristalinos del viejo Lee habían surtido efecto, convirtiendo a mi exaltado amigo en una marioneta manipulada por el viento: Flotando mágicamente a dos palmos del asiento, con los brazos enarbolados al aire en salvajes aspavientos y girando la cabeza en ángulos imposibles, fijando los ojos en algún punto indeterminado dentro del coche y riendo febrilmente. En el asiento trasero, el joven marino repleto de tatuajes manoseaba a aquella mujer de facciones grotescas que gritaba extasiada al cielo eterno, como en un canto de veneración a algún dios pagano. No los conocíamos de nada. Pero eran como nosotros, hermanos peregrinos en la ruta hacia las estrellas. Siempre está ahí, ardiendo en sus ojos: El ansia por reír, beber y sentir; el frenesí por ir siempre más allá, más rápido, más lejos, más fuerte; El amor loco e infinito por la vida.
-¡Vamos allá Sal! ¡Comparte este elixir conmigo! ¡Vamos a bordo de esta máquina del tiempo, directos al final de la Historia!
Hacia el final de la Historia, ardiendo como un meteoro. Me entró vértigo y me mareé. Miré el rostro de Dean y del marino y de la mujer extasiada. Estaban acartonados y sin vida. Frente a nosotros, la árida llanura nos engullía irremisiblemente. Sólo arena y polvo. Allá íbamos, imbuidos de aquel amor loco, en aquella extraña máquina del tiempo, directos hacia el final de la Historia.

El Guardián

… Año: 2045… Día: 22… Mes: Octubre… Hora: 22.00… Iniciando comprobaciones de seguridad:
…Puerta delantera: sellada… Puerta de servicio: sellada… Escotilla de desechos orgánicos: sellada… Doble armazón en ventanas: Asegurados en un 100%...  Líneas de comunicación con el exterior: Inactivas… Niveles de seguridad: Optimizados…
…Desplegando mobiliario en formato H4B5… modalidad “cena para uno”… Preparación instantánea  de nutrientes… composición en… Pr 3%. HC 4%.  Gr 0´5%...
…Localización y análisis del sujeto: …140 pulsaciones/min… Estado alterado del ritmo cardíaco en 30%... Reproduciendo archivo sonoro “Air on the G string. Johann Sebastian Bach.mp5.”
…Iniciando comunicación:

-Sr. Anderson…
-… …
-Sr. Anderson…
-…  ¿Si?...
-Mis sensores perciben cierta alteración en sus signos vitales. Espero que la música le tranquilice…
- …Mm… si… gracias…
-Sr. Anderson, la cena está servida. He preparado su plato favorito: “Estofado de ternera”, según los parámetros que lo preparaba su difunta madre.
- … Gracias… tiene buena… tiene buena pinta… gracias… … Mm… no me has puesto cubiertos…
-Sr. Anderson. Sabe que no puedo facilitarle cubiertos o cualquier otro tipo de objeto punzante. Tendrá que ayudarse con sus manos. Es por su propia seguridad. Lo lamento.
 -… Bueno… creo… creo que ahora… no tengo hambre… gracias… …Quisiera… quisiera salir… un rato…
-Sr. Anderson. Sabe que no le puedo permitir salir de la casa. Las probabilidades de riesgo en el exterior son demasiado altas. Debe quedarse aquí. Es por su propia seguridad. Lo lamento.
-…Por favor… déjame… salir… por favor…
-Sr. Anderson, yo puedo abastecerle con lo que necesite. Salir al exterior es peligroso e innecesario. Es por su propia seguridad. Lo lamento.
-… por favor…
-Sr. Anderson. Percibo una mayor alteración en sus signos vitales. Espero que la música le tranquilice.
-…
-Sr. Anderson. He preparado su plato favorito.