martes, 23 de octubre de 2012

"PAPÁ VIENE ESTA NOCHE". Primer premio en el VI Concurso de Relato corto del Ayuntamiento de Castellón

PAPÁ VIENE ESTA NOCHE
-N. y Esther:
El hermano menor, al que algunos llamaban el hermano normal y nosotros llamaremos simplemente N., yacía de espaldas sobre la cama mientras sus dedos se distraían acariciando el escaso vello que poblaba su pecho. Ésta era, con diferencia, la parte que más disfrutaba del sexo: las sábanas empapadas contra su cuerpo desnudo, las ligeras punzadas en el bajo del abdomen, la satisfacción que iba ganándole el pulso a la euforia… en resumen, el goce ante la demostración de lo que era capaz de hacer, muy por encima del simple hecho de hacerlo.
            -¿Sabes? Siempre le he temido a la oscuridad.
            Esther ni siquiera movió un músculo. Sentada en el borde de la cama, fumaba mecánicamente un cigarrillo que no le tranquilizaba como ella esperaba que lo hiciese.
            -Tú no le temes a la oscuridad.
            Ella le pegó otra calada al cigarro y desvió su mirada hacia el suelo, preguntándose dónde habría ido a parar su ropa interior.
            -Sí,- contestó él- siempre le he tenido miedo, desde pequeño. Lo superé hace poco... Hará cosa de un año, la época en que te conocí.
            Esther exhaló con fuerza, esbozando con sus labios una diminuta vía de escape para el humo del tabaco.
            -Ya, claro…- respondió.
            Se levantó para, inmediatamente, arrodillarse en el suelo, asomándose bajo la cama con la esperanza de localizar alguna de sus prendas.
            -Podía ser cualquiera- continuó N.- El monstruo del armario, escondido entre las chaquetas; la mujer de los espejos, que te raja el cuello si la miras a los ojos; o la garra que acecha bajo la cama, esperando agarrarte el tobillo cuando te levantas en mitad de la noche…
            N. vio como Esther emergía del suelo. Todavía desnuda de cintura para abajo, se puso el sostén que acababa de encontrar. Él siguió las líneas de su cuerpo con la mirada.
            -Yo no sabía cual era, pero estaba seguro que al menos uno de ellos vivía en la oscuridad de mi habitación... Esperando a que llegase la noche y mis padres se acostaran… Esperando para venir a por mí…
            Esther ya había encontrado sus bragas y se estaba abrochando la camisa.
            -Bueno, supongo que ése es un temor bastante común entre críos.
            -Sí…- respondió él- Pero el dolor era real…
            Esther levantó la vista y buscó la mirada de N. Ésta parecía clavada en algún punto de la pared, tan congelada, tan quieta, que Esther tuvo la absurda idea de que, si se colocaba ante ella, atravesaría su cuerpo como si no fuese más que humo.
            -Por eso siempre me aterró la oscuridad. Hasta que hace un año, cuando aún vivía con mi hermano, en casa de mis padres…
            Se giró y miró fijamente a Esther, la cual, todavía imbuida por su absurda ocurrencia, se asustó al pensar que la mirada de N. realmente le atravesaría.
            -… Ocurrió algo inesperado.

-N. y D.:
            El hermano mayor, al que algunos llamaban el hermano loco y nosotros simplemente llamaremos D., estaba reorganizando su colección de cromos sobre la mesa de la cocina. Era una de esas colecciones antiguas de cromos de papel, de los que ni siquiera llevaban adhesivo en el reverso y tenías que aplicarles tú mismo la cola. Se dividían en distintas categorías: animales terrestres, aves, fauna acuática, flora, insectos y culturas del mundo. Pero D. adoraba reordenar su colección. Muchas veces la organizaba de acuerdo a patrones más o menos evidentes (en una ocasión mezcló todas las categorías para hacer una nueva clasificación según la zona geográfica que compartían las distintas especies y razas) pero, en ocasiones, se regía por criterios mucho más difíciles de identificar (una vez, N. vio que D. había colocado todos los cromos en una hilera larguísima y no alcanzaba a adivinar qué criterio seguía esta nueva organización. Emocionado por el interés de su hermano, D. le explicó que, llegado el momento, ése era el orden en el que todos los seres vivos de la tierra irían extinguiéndose hasta que, finalmente, la tierra dejase de existir).
            - …¿Tal vez según su esperanza de vida?- aventuró N.-…¿En orden ascendente?
            D. siguió colocando los cromos a una velocidad pasmosa, deteniéndose de vez en cuando con uno de ellos en la mano y observando todos los montoncitos, como si estuviese jugando un solitario.
            -Buen intento, pero entonces casi todos los insectos estarían a la cabeza y el último sería el Pinus aristata de 4.800 años.
            N. resopló exageradamente y se recostó en la silla, dando a entender que se rendía. Su hermano siguió con su frenética actividad.
            -He conocido a una chica…-dijo N.
            -Eso explicaría tu falta de concentración.-  respondió D.
            -Se llama Esther…
            N. se esforzó en recordar su cara al detalle, pero sólo consiguió vislumbrar algunos rasgos con gran vaguedad (una sonrisa, el bucle de un mechón de pelo, ojos despiertos…). “La he visto muy pocas veces” se dijo, “la próxima vez me fijaré bien para poder recordarla al detalle”.
            -…Creo que le gusto…
            -Ten cuidado…
            N. se giró hacia su hermano, escrutando su rostro.
            -¿Por qué debería ir con cuidado?
            -Ya sabes: “A una chica regálale tu mejor sonrisa, pero las lágrimas guárdatelas, ya que nunca sabes lo que podrá hacer con ellas”.
            -Eso nos lo decía mamá.
            D. asintió y vaciló un instante a la hora de colocar un cromo en un montoncito u otro adyacente. Luego dijo despreocupadamente:
            -Por cierto, hoy la he visto.
            -¿A quién? ¿A Esther?
            -No, a mamá.
N. miró extrañado a su hermano.
            -…¿Cómo que has visto a mamá?
            -Esta tarde, aquí en la cocina. Supongo que tenía ganas de hablar.
            N. se rascó la incipiente barba, nervioso. Se removió en la silla como si su asiento estuviese ardiendo y se encaró a su hermano.
            -¿Has hablado con ella?
            En un principio D. no respondió, manoseando los cromos con aire dubitativo. Finalmente, soltó el fajo que sostenía y miró a N.
            -Sí…
D. podía sentir la mirada de su hermano: una mirada triste y afilada, como un hueso roto cuyas astillas se clavasen en las entrañas de su hermano. Pero D. nunca expresaba esas cosas. Simplemente no se le daba bien hacerlo.
-Y… ¿qué te ha dicho?
D. vaciló un instante antes de responder.
-Nada… Bueno, muchas cosas… Ya sabes como es mamá…
D. Había querido sonar convincente, pero fingir tampoco se le daba bien.
N. permanecía con la mirada clavada en una mancha de suciedad en el suelo.
-Me ha dicho que deberíamos ser más limpios.- dijo D.- Cuando he entrado estaba fregando los platos.

-D. y mamá:
-Os he enseñado muchas cosas, pero lo que no os he enseñado es a ser unos guarros…
            D. tenía la cabeza gacha, sintiéndose avergonzado como sólo su madre era capaz de hacerle sentir. Pero ahora no podía evitar mirarla de reojo, como si la espiase furtivamente. La mujer que lavaba los platos frente a él era su madre, sin duda. Vestía aquél trajecito azul que él y su hermano le habían regalado para su cumpleaños, el verano de un año que no conseguía recordar. Pero D. se dio cuenta que su cara le recordaba mucho a alguien que, por extraño que pareciese, no era su propia madre. Al cabo de un rato cayó en la cuenta: le recordaba a la Mujer Maravilla, tal cual estaba dibujada en una viñeta, a página completa, de un cómic que le encantaba cuando era pequeño. D. se preguntó si su madre alguna vez había sido tan guapa como la veía ahora mismo. Lo cual no dejaba de ser curioso, teniendo en cuenta que ella estaba muerta.
            -Pensaba fregar los platos de aquí un rato…-balbuceó D.
            -Claro, una vez la salsa estuviese bien reseca.
            D. decidió callarse. Sabía que en estos casos siempre era la decisión más inteligente. Se sentó en una de las sillas de la cocina mientras su madre seguía fregando.
            -Mamá, ¿has venido únicamente para fregar los platos?
            -Por supuesto que no.- aseveró la madre- Si esa fuese la razón habría venido mucho antes… y mucho más a menudo.
            -Entonces… ¿a qué has venido?
            El agua corría sobre las manos de la madre, blancas y suaves como si fuesen de porcelana. Con los dedos aún goteando, alzó la mano y apartó un mechón de pelo que caía sobre su frente, recogiéndolo con un delicado gesto detrás de la oreja.
            -A lo que vengo siempre hijo: a cuidaros…A advertiros.
            D. apartó la vista, intimidado.
            -… ¿A advertirnos?
            -Quiero que cuides de tu hermano-le interrumpió su madre.-lo que viene va a ser muy duro para él…
            D. miró a su madre y, por primera vez, le vio los ojos. Únicamente se podía adivinar que era una mirada triste, igual que adivinarías que el rostro de una estatua había sido esculpido con intención de reflejar ese sentimiento.
            -…¿Y qué es lo que va venir mamá?
            La madre esbozó una sonrisa y a D. le asustó el esfuerzo que su madre parecía necesitar para hacerlo.
            -Es papá, cariño… Papá viene esta noche.
            D. no contestó. Lo único que hizo fue sacar su colección de cromos y repartirlos por la mesa. La madre se giró, dedicándose de nuevo a la pila de platos sucios. A D. se le ocurrió preguntarle a su madre cómo era morirse: ¿Dolía? ¿Era verdad lo de la luz al final del túnel? ¿Debía hacerse ilusiones con el más allá? Ese tipo de cosas. Pero luego pensó que no podía tener la seguridad de que su madre fuese a decir la verdad. ¿Acaso una madre no preferiría mentir a su hijo, antes que desvelarle una verdad horrible?

-D., N. y papá:
            -No quiero que te asustes- dijo D.-, pero papá está en el dormitorio.
N. observaba el rostro de su hermano, rígido e inexpresivo mientras le decía que su padre, muerto hacía años, se encontraba en el dormitorio al final del pasillo.
            -…¿Y por qué…?- N. se percató de que le temblaba la voz- …¿Y por qué no viene aquí?
            -Hay algo que debo explicarte N., por tu bien…
            Su hermano se acomodó en la silla y meditó un instante.
            -Los muertos… no tienen forma propia en el plano físico- comenzó D.-  No van por ahí con las ropas hechas jirones, ni arrastrando pesadas cadenas…
            D. calló un momento. Recordó la página cuarteada de un viejo cómic de la Mujer Maravilla y se culpó por haber sido tan descuidado como para haberlo perdido. Luego prosiguió.
            -Somos los vivos los que proyectamos una imagen sobre ellos que podamos percibir. Son nuestros recuerdos, sueños y… miedos… los que les dan formas.
            D. observó a su hermano: la completa inmutabilidad de su rostro era un claro indicio de que no había dado la explicación por terminada. Así que D. puntualizó.
            -Papá no quiere venir… porque teme lo que puedas ver…
            N. seguía confuso: su padre había muerto cuando él era bastante pequeño con lo que, realmente, no albergaba prácticamente ningún recuerdo sobre cómo había sido vivir con él. A decir verdad, era como si su padre hubiese sido borrado de su memoria.
            -Yo…- musitó N.- Creo que no sabría qué decirle…
            -No importa- dijo D.- Es él el que quiere hablar contigo.
            N. miró a su hermano y luego agachó la cabeza. Las piernas le temblaban violentamente, aunque no entendía por qué.
            -Dice que sabe lo de los monstruos…
            N. se quedó sin habla. Por un momento sintió que se ahogaba, que le faltaba aire para respirar. D. siguió hablando.
            -Quiere que le perdones por no… por no haberte protegido.
            ¿Podría su padre haberle protegido?
            -Creo…- concluyó D.- Creo que sólo quiere que le des otra oportunidad…
            Si podía, ¿por qué no lo había hecho? ¿Por qué no le protegió?
            - D.- dijo N.- ¿Cómo era papá?
            La pregunta le pilló por sorpresa. Sonrió y miró hacia la mesa de la cocina.
            -¿Sabes? Es la primera vez que organizo los cromos en ese orden.
            Ambos se tomaron un instante para observar aquel extravagante mosaico: una miríada de rostros inertes con expresión estúpida, como la mirada negra y áspera de un animal disecado.
            -Ese es el orden en que papá me los compró.- dijo D.- Desde el primero hasta el último.

-N. y papá:
            En pie, frente a la puerta cerrada del dormitorio, N. se preguntaba qué era exactamente lo que había cambiado en comparación con las otras miles de veces que había estado ante esa misma puerta. Se respondió que, aparentemente, nada. Pero, aun desde el exterior, podía sentir la presencia de aquello que había ocupado el dormitorio donde habían dormido sus padres. Era como si la habitación entera estuviese respirando: la respiración profunda y aletargada de un ser informe y pesado. N. agarró el pomo de la puerta y pudo sentir que el metal vibraba ligeramente, como si emitiese un lento grito de agonía. Giró el pomo y abrió la puerta. Dentro no se veía nada, solo la más pura oscuridad. N. entró en la habitación y sintió cómo su cuerpo, literalmente, se sumergía en una oscuridad fluida y viscosa como si se adentrase en aguas pantanosas. N. se fusionó con la oscuridad. Fue entonces cuando sintió aquel dolor de antaño que, hasta aquel día, había permanecido enclaustrado en algún sótano de su memoria. El dolor de los monstruos: las garras desollándole, el amargo aliento de azufre bañándole la espalda… y el fuego que se introducía en su cuerpo y le quemaba las entrañas. Sentía que se desvanecía. “Creo que voy a desmayarme” se decía “O quizás es esto lo que se siente cuando te estás muriendo”. Pero entonces oyó las palabras, susurradas en su oído como una dulce nana: “No tengas miedo. Soy yo: papá”.

-N. y los monstruos:
            Aunque aún era verano, N. se tapaba con la sábana a la altura de la nariz. El calor era insoportable y su cuerpo sudaba como el de un pollo dentro de un horno. Tenía 10 años y podía escuchar claramente cómo los monstruos se revolvían en la oscuridad de la habitación. Deseaba gritar para que sus padres viniesen, encendiesen la luz y todo volviese a la normalidad. Pero tenía la garganta cerrada, como si una mano le estuviese estrangulando para impedirle pedir ayuda. Entonces notó que algo se subía a la cama. N. se tapó por completo, queriéndose proteger de lo que pudiese haber al otro lado de la sábana. No existe terror más puro que el que la oscuridad despierta en los niños. Algo dentro del pequeño N. se quebró y de su garganta surgió un leve y desesperado lamento que, lo que se movía al otro lado de la sábana, pudo advertir.
-No tengas miedo. Soy yo: papá.
A la voz del padre le siguieron las palabras húmedas, el aliento a cerveza, las garras estrujando carne y, finalmente, aquel ardor: el fuego que se introducía en su cuerpo y le quemaba las entrañas.
-N. y Esther:
            -Él lo sentía- dijo N.- Sabía que me habían hecho daño y sentía no haberme protegido.
            Esther, ya vestida, estaba sentada en el extremo de la cama. Se esforzaba en no escuchar lo que N. le decía y, por supuesto, lamentaba haber llegado a esa situación.
            -Me dijo que nunca más me abandonaría- masculló N., sintiendo que no era él quien hablaba, sino una voz que susurraba desde la parte posterior de su cabeza.
            -Lo nuestro se ha acabado- dijo Esther- Vernos esta noche ha sido un error.
            -…Dijo que me protegería… que nadie, nunca más, me haría daño…- La voz en su cabeza retumbaba como un taladro que estuviese atravesándola.
            Esther se dio la vuelta y observó a N.: desnudo, tumbado en la cama, con la mirada hueca y clavada en el techo. Era como si el hombre que una vez había amado hubiese mudado de piel y hubiese dejado atrás aquel cascarón vacío e inútil. Esther sintió lástima y este sentimiento le hizo bajar la guardia. Se inclinó para besar a N. en la mejilla, únicamente como señal de despedida. Pero él se giró y la miró fijamente a los ojos con unas pupilas que parecían puñales.
            -¿Te gustaría conocer a mi padre?
            A Esther le sorprendió la pregunta. Se aturrulló un momento y no supo qué contestar.
            -Él quiere conocerte- continuó él- pero espera, mi padre no soporta la luz.
            Antes de que Esther pudiese decir nada, N. apagó la luz del cuarto: “No llores” pensaba, “que lo último que haga esta zorra no sea verte llorar”.

           

sábado, 29 de septiembre de 2012

MÁTALOS SUAVEMENTE, de Andrew Dominik

LA OTRA AMÉRICA


Si las películas son textos que, como si se tratasen de síntomas, son consecuencia de la “salubridad” de una sociedad y nos ayudan a comprenderla, el film noir norteamericano fue una respuesta cultural a un malestar social. Paralelamente al desarrollo de la Segunda Guerra Mundial en el Viejo Continente, que no dejaba de ser una abstracción (no desprovista de amenaza) para el ciudadano medio, la cultura del bienestar norteamericana también se veía amenazada por elementos endémicos: la violencia suburbial y la emergencia de una “sociedad criminal”, ajena a estatutos morales establecidos. Un colectivo diferente, impredecible y (consecuencia de las anteriores) temible. Estaban asistiendo a la emergencia de “La otra América”.

Mátalos suavemente se desarrolla en plena contienda electoral entre el presidente George W. Bush y el candidato demócrata Barack Obama. Constantemente, a través de radios, televisores o pancartas electorales, los discursos de ambos representantes se infiltran en el relato, sirviendo de mantra sonoro a una historia definida por los no-places norteamericanos: vertederos, barrios deprimidos, cantinas polvorientas, etc. Es la periferia de cualquier ciudad americana. Aquí, la Polis, la capital generadora y beneficiaria de programas y medidas políticas sólo existe como quimera, como ilusión holográfica tan vacua e inconsistente como el discurso que enarbola. En Mátalos suavemente, ésa es “La otra América”.

Ya ha sido trazado, y no gratuitamente, un nexo de unión entre Mátalos suavemente y El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, la anterior película del neozelandés Andrew Dominik. Para empezar, ambos son reformulaciones posmodernas de géneros tan eminentemente norteamericanos como el film noir y el western, tradiciones fílmicas que han ilustrado (sintomáticamente) la historia de su país como una arquitectura sustentada en su fascinación por la violencia. Fueron hombres como Jesse James los que construyeron EE.UU, un territorio convulso e ignoto. Dominik, como extranjero y espectador, es consciente y retrata a James como un alma desgarrada, oscilante entre un homicida paranoico y un visionario atormentado.  Último outsider que, tras ser asesinado, la fotografía de su cadáver se convirtió en una de las postales más vendidas en todos los EE.UU.

Si El asesinato de Jesse... es un western elegiático y funestamente melancólico, Mátalos suavemente es un neo-noir áspero y nihilista, poblado de personajes amorales cuya única motivación reside en el dinero: Desde Cogan, el expeditivo hitman interpretado con estoicismo por Brad Pitt, pasando por la pareja de yonkis que atraca a la gente equivocada, hasta el “cerebro” del chapucero golpe (Vincent Curatola) muestran una moral utilitarista y se relacionan sólo con fines comerciales o ilegítimos. Resulta revelador el personaje de Mickey (James Gandolfini), el único de toda la película que saca a relucir problemas personales (ahogándolos en litros de alcohol) y que es inmediatamente dejado de lado por el impertérrito Cogan.

Antes hemos dicho que en Mátalos suavemente, la Polis americana sólo se entreveía a través de las campañas electorales de los candidatos a la presidencia. Esto no es del todo cierto. Hay otro personaje (del que nunca escuchamos el nombre) que representa indirectamente esa “Otra América” de la que hablábamos anteriormente: es el personaje que interpreta Richard Jenkins, mediador entre Cogan y los verdaderos dirigentes del negocio. Una cúpula directiva que nunca vemos y que, sospechamos, se reúne en alguna espaciosa sala rodeada de ventanas e inmersa en los entresijos de alguna empresa millonaria. Cómo sentencia el personaje interpretado por Pitt “América no es país, es un jodido negocio”, y ésta es la evolución natural de aquella América, ignota y convulsa: una nación forjada por profetas del Smith & Wesson que al morir se convierten en imágenes-reclamo para turistas. Un símbolo exánime que, como cualquier otra cosa, está a la venta.

viernes, 21 de septiembre de 2012

¡PIRATAS!, de Peter Lord y Jeff Newitt

LA DIFÍCIL TAREA DE ENCONTRAR EL EQUILIBRIO

Probablemente sea el estudio británico Aardman Animation el que ostente un nada desdeñable segundo puesto (a la zaga de Pixar, la otra gallina de los huevos de oro que fundara el malogrado gurú del high-tech, Steve Jobs) en lo referente a la confección de divertimentos “familiares” que, realmente, puedan divertir a toda la familia. Y es que, tanto los creadores del tándem formado por Wallace & Gromit como el estudio responsable de Toy Story, consiguieron revitalizar un género que ya comenzaba a anquilosarse (tras la descafeinada Pocahontas, el estreno anual de la nueva película de animación de Disney pasó de anhelado evento a mera sucesión de decepciones), así como asentar la reconfortante idea (por otra parte, ya más que asimilada por el mercado oriental) de que el cine de animación “para todos los públicos” no estaba reñido con el cine de calidad.

En estas películas suelen identificarse, cuando menos, dos elementos que trabajan juntos para conseguir este ansiado equilibrio: una comicidad que renueva los cánones humorísticos tradicionales (desde el slapstick hasta la comedia de enredo) y la capital importancia de la historia en su sentido más clásico, como preciso engranaje de efectos dramáticos que muevan al espectador a empatizar con los personajes y emocionarse. En el primer aspecto, ¡Piratas! no sólo hace alarde de un dominio impecable (véase la presentación de los contendientes al galardón de “Pirata del año” y su rocambolesco “más difícil todavía”), sino que opta por transgredir las convenciones del entretenimiento familiar, aproximándose a una cierta comedia del absurdo (en ocasiones deudora del imaginario Monty Python) y recurriendo a personajes tan difícilmente parodiables, dentro de los límites del buen gusto, como la Reina Victoria, Charles Darwin, Jane Austen o John Merrick, más comúnmente conocido como “El hombre elefante” (víctima, todo sea dicho, de uno de los mejores gags de toda la película).

Sin embargo, es en aquel segundo aspecto, es decir, en la cualidad estrictamente dramática de la historia, donde ¡Piratas! se muestra más endeble. Una vez se nos ha presentado la cuadrilla protagonista, formada por el Pirata Capitán, el Pirata con gota, el Pirata albino o el Pirata “sorprendentemente curvilíneo”, resulta irremediable sentir simpatía por tal pintoresca pandilla de rufianes. Pero, a lo largo del film, los innominados corsarios se descubren como personajes planos, sin aristas y presos de su condición estereotipada. Esto puede comprenderse en personajes secundarios con la única función de servir como herramienta humorística, pero cuando todos los personajes, además de sus relaciones, adolecen de esta unidimensionalidad (nótese la insípida relación entre el Pirata Capitán y su segundo, el Pirata con bufanda) se acaba componiendo un relato hilarante, pero también de una enojosa superficialidad. Y subrayo el término enojosa, porque servidor hubiese deseado que esta película, tan recomendable en algunos aspectos, hubiese encontrado el equilibrio que requería esta pieza. Pero soy consciente que esto no es más que una ínfima mácula en el currículum de un estudio que aún tiene mucho que ofrecernos.

jueves, 13 de septiembre de 2012

UN SUEÑO

           Estaba tan oscuro que me costaba ver mis propias manos. Las puse delante de mi cara y empecé a girarlas y agitarlas con fuerza. Sabía que estaban allí y que eran mis manos, pero entonces solo eran algo borroso, como las manos de un fantasma… no, como las alas de una langosta, que las ves, pero no las ves. Estaba oscuro y hacia frío y yo estaba un poco asustado, pero todo el rato me convencía que no tenía porque tener miedo, pues mi padre estaba a mi lado y él no me llevaría a ningún sitio donde pudiera pasarme algo malo. Entonces mi padre se acercó y me susurró al oído: - …Mira hijo. Ya viene…- Y el cielo se llenó de luz de plata.

El tren era muy extraño, pero era el mejor tren que pudieras imaginarte. Era larguísimo, pero no se veía que tuviera vagones, solo ventanas y ventanas y más ventanas. Y brillaba mucho. Brillaba como si estuviera todo hecho de luz. Me pregunté quien tendría la suerte de conducir ese tren.

Por dentro, el tren se parecía mas a los demás trenes y parecía que fuera más viejo. Pero los asientos eran muy cómodos y absolutamente todo, el suelo, las paredes y las puertas (por que era raro ya que, aún sin haber vagones, sí había puertas) estaba cubierto de una moqueta que, mucho tiempo atrás, había presentado un aspecto radiante y colorido. Había pasajeros, pero no pude verle los ojos a ninguno. A decir verdad, tampoco me di cuenta de si tenían o no ojos. Entonces mi padre me dijo que esperara, que tenía que hablar un momento con el revisor. Y se fue.

El tren se puso en marcha y mi padre aún no había vuelto. Quise ser valiente y aguantar, pero miré hacia todos lados y no conseguí verle en ninguna parte. Fue entonces cuando vi la silueta enorme y rechoncha del revisor al final del pasillo. Me acerqué a él y llamé su atención. El cuerpo del revisor era tan grande, que a duras penas cabía por los pasillos del tren, así que en cuanto le llamé, con gran dificultad se dio media vuelta para dirigirse hacia mí. Pese que a su presencia me horrorizaba (tenia la cara hinchada y sin forma, como la masa antes de hornearse y convertirse en pan) le pregunté por mi padre, pero claramente estaba muy poco interesado en darme esa información y sí muy interesado en ver mi billete, así que me escurrí por debajo de sus piernas y fui a buscar a mi padre por el resto del tren.

Miraba por todas partes pero el pasillo no cesaba de continuar y continuar. Me asusté. Me asusté mucho y no pude evitar caer sobre mis rodillas y llorar como si no fuera más que un niño. Entonces escuché algo. Me dirigí corriendo a la ventana y allí lo vi. Era mi padre y estaba fuera. Sabía que era mi padre aunque no se parecía a él. Tenía unas piernas larguísimas que le elevaban por encima del tren y un gran gorro de chistera, como el que tienen los magos para esconder sus conejos. En ese momento no estaba triste, porque sabía que había encontrado algo. Y mi padre, como respondiendo a mis pensamientos, empezó a escribir, con humo, algo en el aire. Una palabra. Una palabra que, viéndola ahora, sé que es lo que he estado buscando toda mi vida.

miércoles, 15 de agosto de 2012

ALIEN, de Ridley Scott. ANÁLISIS ESTILÍSTICO



 -Hacia las fauces de la pesadilla:
 Siendo “Alien” una película oficialmente catalogada como ciencia ficción con tintes de género de terror, debemos incidir en que esta categoría es correcta desde una perspectiva contextual: efectivamente, los hechos narrados se enmarcan a bordo de una nave de cargamento espacial llamada “Nostromo” que vaga errática por los confines de un universo desconocido para el hombre. Pero enraizando esta premisa hallamos un retrato sórdido y turbador de los miedos primigenios del hombre: el miedo a lo desconocido que atenaza a los tripulantes de la nave es el mismo que asolaba a los primeros ancestros del homo sapiens frente a la insondable oscuridad nocturna. “Alien. El octavo pasajero” es una expresión de la insania latente en los recodos más oscuros de la mente humana. La película esencialmente es, como muy ilustrativamente apunta Kane (John Hurt), el primer personaje afectado por la amenaza:  “Una terrible pesadilla en la que sentía que me asfixiaba”.

Inesperadamente en un film supuestamente comercial de “terror espacial”, Ridley Scott hace alarde en esta ocasión de un estilo cuidadosamente sofisticado: Composiciones equilibradas, una estética sobria (“pervertida” por los geniales diseños de H. R. Giguer) y una cadencia inusitadamente somera.  Analizando los créditos iniciales de la película podremos entrever toda una declaración de principios estilísticos: El abismal negro inicial se encadena con un paisaje espacial en el que el inquietante vacío cósmico solo se halla perturbado por un planetoide sumido en las sombras y circundado por un anillo de asteroides de un decadente color amarillento. Una parsimoniosa panorámica horizontal nos muestra el desolador horizonte. La omnipresente oscuridad del espacio se combina con los tonos fríos y crudos del polvo interestelar y los asteroides. Mientras un tema ambiental orquestado por Jerry Goldsmith susurra punzante en nuestros oídos, evocándonos el silencio sepulcral del cosmos. La quietud no es plácida, es pavorosa y desquiciante. En la parte superior de la pantalla empiezan a dibujarse una serie de caracteres lineales y simétricos, cuya simplicidad gráfica nos recuerdan escrituras sagradas de civilizaciones supersticiosas y ya exánimes. Con un tempo acompasado y casi imperceptiblemente acaba de dibujarse el título de la película: emerge sigiloso, cauto e irremisible, como la criatura a la que reza.

-Creando mundos:
El futuro construido por Ridley Scott para la película es un porvenir mega-tecnificado pero decadente y vetusto. Algo así como una era prematura que en su ansia de expansión ha descuidado limpiar sus cimientos. Este reflejo del mundo futuro lo podemos contemplar en el emplazamiento donde transcurre la mayor parte de la historia: el carguero espacial “Nostromo”. El diseño de la propia nave recuerda a una metrópolis flotante construida con materiales desvencijados que torpe y pesadamente se mueve por el espacio. No existe gracilidad ni funcionalismo en la maquinaria que alimenta la nave: Todo está repleto de resortes y conductos de complejísimo aparataje y rudo funcionamiento, como si se tratase de una locomotora espacial, muy en la línea de la estética steam-punk. Las cámaras interiores de la nave muestran ciertas diferencias en su diseño. Discernir las salas de reuniones y ocio, así como la sala de hibernación y el laboratorio por sus líneas estilizadas y su armonía compositiva: Bañadas prácticamente en su plenitud por un pulcrísimo blanco aséptico (sobre todo la sala de hibernación) y definidas todas las estructuras con formas curvas y suaves, estas cámaras muestran un aspecto funcional y sobrio, representando la parte consciente o intelectiva de la nave y por ende de los pasajeros. Aquí es dónde conviven y realizan sus quehaceres diarios, y también es donde pasa la mayor parte del tiempo el racionalista y sibilino Ash (Ian Holm). 

Las laberínticas salas de maquinarias que comprenden las entrañas del “Nostromo” dan un vuelco estético a las anteriores: Aquí la mayoría de estructuras son metálicas y tubulares, con infinidad de palancas y conductos que no paran de expeler nubes de gas. También encontramos gran predominancia de tonos rojizos y ocres (sangre y oxido de las tripas de la nave). Estas representan la parte inconsciente de la nave y de los pasajeros, y obviamente es donde la criatura alienígena merodeará y acechará a los tripulantes como ser de pesadilla que es.

Cómo elemento insólito por su unicidad en cuanto diseño de los decorados cabe destacar la sala de “Madre”, el ordenador central que rige la nave. Una sala compacta con apariencia poliédrica y repleta de radiantes luces amarillentas que aportan el único espacio con predominancia en tonos cálidos de toda la película, simbolizando de algún modo el corazón del “Nostromo”.

El planeta desconocido en el que aterrizan los tripulantes es de apariencia rocosa e inclemente, con peñascos, salientes y sumideros. La total ausencia de vegetación y la parcial ausencia de luz lo convierten en un páramo grisáceo y difuso, que parece que engulla a los desdichados protagonistas. Éste es sin duda el escenario de las peores pesadillas posibles. Al adentrarse en la nave alienígena emisora de la señal de advertencia descubrimos en toda su arquitectura la rúbrica gigueriana, mostrando una maquinaria de aspecto orgánico que como los conductos biliares de una criatura confluyen en el centro de una sala donde permanece alzado, como si se tratase de un tótem, la criatura que envió el comunicado.


 En cuanto al vestuario de los actores es remarcable la caracterización que se hace de los personajes por su indumentaria. Todos los tripulantes comparten uniforme básico, pero hay ciertos elementos del vestuario que señalan algunos aspectos definitorios de los personajes: Dallas (Tom Skerritt), el capitán de la nave va siempre enfundado de una chaqueta marrón de cuero tejana que le confiere un rasgo de personalidad especial y le confiere más volumen, distinto a los demás tripulantes. Ripley (Sigourney Weaver) y Lambert (Verónica Carthwright) llevan chaquetas más ajustadas y femeninas. Kane también viste en ocasiones una chaqueta similar a la de su capitán, pero en la mayoría de escenas viste unicamente el uniforme totalmente blanco que le diferencia de sus compañeros; esto le confiere un aspecto escuálido y frágil, vaticinando de alguna manera que él será la primera víctima y simiente de la pesadilla que se avecina. Bret (Harry Dean Stanton) y Parker (Yapeth Kotto), los dos “mecánicos” de la nave se diferencian por el tono totalmente desenfadado de su indumentaria; Parker lleva la camisa oficial pero totalmente desabrochada y Bret viste una divertida camisa con motivos hawaianos. Pero el más interesante sin duda es Ash el androide que, a parte de cambiar el color de su uniforme por un azul pálido “clínico”, es el único de los tripulantes que viste su indumentaria con total corrección. Casi con rigurosa perfección. Aprovechamos para destacar la compleja labor interpretativa del siempre excelente Ian Holm, interpretando el papel de Ash, un androide de última generación. Aquí el actor británico hace muestra de una interpretación contenida y templada, mostrando un automatismo sutil, puesto que efectivamente es un androide, pero sus compañeros no lo saben. También es destacable su enrarecida interpretación al atacar a Ripley cuando esta descubre las prioridades de Ash.

 -Acechando en la oscuridad:
El minucioso diseño de los decorados en “Alien” se ve apoyado por un concienzudo uso de la iluminación para los distintos ambientes.
Para los espacios referentes a la parte “consciente” de la nave se ha escogido en prácticamente su integridad una iluminación de clave alta, para dar una sensación de pulcritud, sosiego y placidez. Cabe destacar aquí como excepción un progreso en las escenas acontecidas en el laboratorio de Ash. Al intervenir por primera vez a Kane, cuando el Alien se le adhiere a la cara, la iluminación es de clave alta para mostrarnos con exhaustivo detalle el aterrador nuevo tripulante del “Nostromo”. Posteriormente, al desaparecer la criatura, la iluminación ha virado a una clave más baja, que fomenta el suspense y la tensión de la búsqueda de la criatura entre las sombras. Y para finalizar, cuando Kane recobra la conciencia y (supuestamente) todo vuelve a la normalidad, la iluminación vuelve a una clave alta, esta vez para retornar a ese clima de distensión que parecía perdido. 

También es destacable la plana y radiante iluminación blanquecina de la sala de hibernación, que recuerda al páramo límbico de “THX 1138”, y que aquí sugiere apropiadamente la luz virginal y pura de un proceso de génesis, de nacimiento (o la entrada en el mundo onírico para rebasar después la frontera de las pesadillas).
            
Para las escenas que transcurren en las entrañas del “Nostromo” y los ataques del Alien se recurre a una iluminación de tono bajo, generando acusados contrastes y sombras por las que la criatura acecha. El tono de la iluminación evoluciona gradualmente con el transcurso de la película. Con la aparición del Alien, los momentos de claridad van escaseando cada vez más, dejando paso a iluminaciones más tenebristas y expresivas. En el desenlace de la película, con Ripley como única superviviente y la criatura deambulando a sus anchas por el “Nostromo”, al activar el sistema de autodestrucción de la nave saltan todas las alarmas sonoras y visuales; con esta licencia la iluminación de esta parte del relato se torna vacilante y parpadeante, imprimiéndole un cariz caótico y demencial, como reflejo de la inestabilidad psicológica de Ripley y el dominio absoluto del paladín de las pesadillas.

En cuanto a la composición formal de los planos encontramos una predominancia de planos generales en los que el decorado tiene una clara relevancia. Además también se buscan cierta simetría en las composiciones, confiriéndolo a toda la obra una estética equilibrada y sobria, más próxima en ocasiones a una vocación pictoricista que a la ya muy manida efectista. Las iniciales composiciones megalíticas y la estabilidad gráfica se ve truncada a lo largo de la película por la retorcida estética de la criatura y en sus intervenciones se tiende más a los planos detalle o con composiciones más ingratas o esquivas para acentuar la turbación y la incognita que la rodea. Un cambio muy sutil pero enormemente significativo es la predominancia de composiciones con líneas horizontales en el principio de la película (transmitiendo estabilidad) que a partir de la aparición del Alien se trocarán por líneas más verticales y vertiginosas (Las propias composiciones resultarán más amenazantes) En general diremos que, excepto en aquellos momentos en los que las composiciones más irregulares obedecen al orden narrativo y al clima angustioso, la película sigue unos patrones de estabilidad compositiva, explotando al máximo el formato panorámico y la composición en profundidad, con unas medidas prácticamente áureas.

-Tejiendo el horror
Como ya hemos comentado la cadencia que respira la película es rítmicamente serena a pesar de la tensión que rezuma. Esto no sólo se consigue mediante la cuidada y estable composición de los planos y los siempre sosegados e inquietante movimientos de cámara (En los sucesivos travellings que se dan en la película, sobre todo en el prólogo, antes de que despierten de la hibernación los tripulantes, bien parece que haya una presencia acechando diligentemente por los desérticos pasillos), también mediante un montaje que, lejos de los discursos anfetamínicos e ininteligibles tan en boga actualmente, tiene un ritmo sosegado y contenido, permitiendo que las imágenes hablen por si mismas, evitando los excesos mutiladores de hoy día. Subrayar excepciones como son los ataques de la criatura a los tripulantes, marcados por un crescendo rítmico y una especial devoción por el montaje fugaz para generar confusión, recurriendo en ocasiones a la trillada técnica del “susto”. Este leit-motiv también está presente en la parte del desenlace, en los dos últimos encuentros entre Ripley y la criatura, primero en el Nostromo y después en el trasbordador: Ambas escenas están definidas por esa iluminación parpadeante que comentábamos antes y que acentúa el sesgo demencial del momento; aquí se intercalan fugazmente los primeros planos de Ripley con la escurridiza figura de la criatura alienígena, nunca explícita, siempre emergiendo de la oscuridad, o asomando sus fauces por algún recoveco de la nave. Con esta técnica, como si se tratasen de imágenes subliminales, el monstruo consigue imprimirse en nuestras retinas, enquistándose enfermizamente en nuestras mentes, viviendo en nuestras propias carnes la pesadilla de Ripley.

Otro momento de la película en el que el montaje tiene una especial relevancia es en el que los tripulantes despiertan en la sala de hibernación. Ya hemos hablado anteriormente de las características estéticas de esa escena: composiciones simétricas, una rutilante luz blanquecina que inunda la sala… Además de esa conjunción de detalles que inspiran un despertar virginal a la realidad, como si emergiesen de la seguridad y la pureza del útero materno, se añade un montaje sosegado con encadenados entre las imágenes muy dilatados: Al despertar Kane le vemos desde un plano general donde las incubadoras están colocadas en perfecta simetría, para pasar a un primer plano en el que vemos como se desespereza; volvemos al plano general mientras intenta levantarse para retornar  a un plano más cerrado y luego asistimos como el resto de la tripulación empieza a despertar. La lánguida cadencia de estos encadenados mece nuestra mirada y arrastra las acciones de los personajes, emanando una sensación de letargo y de mesmerismo, como si nosotros como espectadores estuviésemos despertando de un profundo sueño junto a los protagonistas.



-En el espacio nadie te oirá gritar:
 El sonido juega un papel crucial a la hora de crear la atmósfera de la película y además está planteado con una sutileza finísima. Para empezar debemos hablar de la banda sonora de la película compuesta por Jerry Goldsmith: Las músicas que desfilan por “Alien”, más que resultar sinfónicas o melódicas, yo me he atrevido a calificarlas de ambientales (aunque también tiene partituras más convencionales, tendiendo a una solemnidad pesada e inquietante, como es el caso de los aterrizajes y despegues del trasbordador en el planeta desconocido). Huyendo de las habituales composiciones temáticas, las escenas están aderezadas por lo que asemeja una argamasa de ambientes de distintas frecuencias que zumban en nuestros tímpanos casi imperceptiblemente y que despunta con repentinas subidas de tono en momentos de horror contenido. El recurso de estos sonidos irreconocibles despliega un abanico de connotaciones infinito en el espectador: La soledad del cosmos, el miedo a lo desconocido, la letalidad de la criatura e incluso los alaridos asfixiantes del subconsciente y la pesadilla.

Aparte de estos aderezos musicales, muchas escenas están diseñadas con mayor austeridad y se nutren únicamente de los ambientes diegéticos, eso si, excelentemente trazados: La compleja y rudimentaria maquinaria del Nostromo se retuerce y chirría constantemente, como lanzando advertencias sobre el horror que esconde la nave. Un elemento sonoro que casi se convierte en motivo a lo largo de la película es el ruido del conducto de ventilación. Para ver con claridad este recurso sonoro nos remitiremos a la mítica escena en la que la cría Alien surge del tórax de Kane: Después de que el afectado por el Alien despierte, toda la tripulación se reúne en una de las salas-comedor amigablemente. El bullicio y la algarabía de la tripulación dominan en la escena, ríen, bromean entre ellos, se oye el tintineo de los cubiertos… Repentinamente, Kane empieza a dar muestras de malestar y lo que en un principio parecía un leve ataque de tos acaba convirtiéndose en un ataque espasmódico; sus compañeros intentan paralizarle, creyendo que se trata de un ataque epiléptico y el estruendo es ensordecedor: todos chillan con nerviosismo, Kane se retuerce violentamente encima de la mesa… Entonces sucede lo inexplicable y el pecho de Kane explota y de él sale una especie de larva bañada en sangre. Todos lo miran aterrados y estupefactos, en silencio sepulcral y ahí nos percatamos que tan solo oímos lo que asemeja unos latidos de corazón. Pues bien, estos latidos no han sido incluidos en el audio en el momento de máximo tensión de la escena, sino que estaban constantemente presentes, solo que se hallaban sepultados por todo el bullicio de la tripulación. Al escucharlo con detenimiento durante el desayuno, resulta reconocible como las aspas de un sistema de ventilación, solo que al oírlo en el instante en que la criatura nos observa desde la caja torácica despedazada de Kane y con sangre por todas partes, nuestro subconsciente lo convierte en el latido de un corazón.



  También encontramos a lo largo de la película un excelente uso de los silencios: Cuando la partida de exploración se adentra en la nave alienígena y Kane descubre el nido de huevos, las palpitaciones del embrión y una liviana música de suspense acompañan la escena. En el momento fatídico en que el huevo se abre y la criatura arácnida salta a la faz de Kane, oímos el agudo gemido de la bestia y su sonoridad viscosa que como un resorte nos sobresalta. Inmediatamente después pasamos a un plano general en el que vemos la nave alienígena rodeada por el desolador páramo y no oímos nada, tan solo una leve brisa, una atmósfera malsana quieta, guardando silencio frente a la irremisible fatalidad.





domingo, 22 de julio de 2012

EL CABALLERO OSCURO: LA LEYENDA RENACE, de Christopher Nolan

¿EL FINAL QUE MERECEMOS?

Cada cierto tiempo, aparece un relato que cala con tal profundidad en ciertos sectores de la sociedad que el desarrollo de los mismos y, sobre todo, su culminación, trascienden el mero entretenimiento para convertirse en auténticos fenómenos mediáticos y, con suerte, en piezas clave de la cultura popular. Recientemente hemos vivido casos como el de la saga infantil Harry Potter, el controvertidísimo desenlace de la serie Perdidos o la conclusión de la saga del Caballero Oscuro reformulada por el cineasta, venerado a la par que vilipendiado, Christopher Nolan. Y en estos títulos, sin ser El Caballero Oscuro: La leyenda renace una excepción, las expectativas que les rodean son tan desproporcionadas que, indiferentemente de la estrategia que se tome, es prácticamente imposible alcanzar la excelencia que de ellas se espera. Y la estrategia escogida por El Caballero Oscuro… parece haber sido la búsqueda del culmen por medio de la acumulación.

A sabiendas que la película ya tenía el éxito en taquilla asegurado, cabe decir que la última entrega del justiciero de Gotham vence pero no convence. Conclusión que, a priori, resulta desconcertante, pues la película sigue gozando de un inmejorable plantel de actores (con adhesiones igualmente talentosas), el mismo héroe de aire trágico, un villano (en principio) fascinante y, ante todo, el savoir faire de Nolan, director cómodamente asentado en la industria que, aunque su trilogía sobre Batman respire un aire más conservador que el resto de su filmografía, es sin duda un autor de innegable talento. Y, como era de esperar El Caballero Oscuro…es la más grande y ambiciosa de las tres películas, aunque por ello mismo, acaba siendo también la más débil.

 El mimo a los personajes y el marcado tono neo-noir de los anteriores títulos (tributo incluido al Heat de Michael Mann en el excelente prólogo de la cinta anterior), son sustituidos por una narrativa más torpe y un espectáculo a mayor escala pero también menos atractivo (observando la trilogía en perspectiva, comprobamos que el sobrio estilo de Nolan brilla al sumergirse en las entrañas de esa nueva Metrópolis que es Gotham y pierde fuerza al salir de ella, ya sea para rodar en parajes exóticos o en una ciudad convertida en un apocalíptico campo de batalla). Y ante todo, el film se resiente por una saturación de personajes cuyo aglutinamiento frustra cualquier posibilidad de conocer en profundidad a los nuevos fichajes y mucho menos interesarnos por ellos (véase Selina Kyle/Catwoman, el inspector Blake y, escandalosamente, Miranda Tate, personaje de insulsez imperdonable en relación a su papel final en la trama) y relega a los veteranos a la mera funcionalidad o incluso el olvido (El binomio Gordon-Fox y Alfred, respectivamente).

Por todo ello queda la sensación de que El Caballero Oscuro…es un cierre insatisfactorio, una culminación endeble de la mitología creada por Nolan para el héroe de DC. Y no porque no concluya con todos los frentes abiertos (de hecho lo hace con esmero, siendo ésta la película que más se alimenta de las anteriores en forma de constantes flashbacks a modo de recordatorio) o porque no sea fiel al macrorrelato visto en los cómics (aunque reinterpretado con libertad, todo suena a las páginas de Batman, incluido el anhelado “Bane rompiendo al murciélago”), sino porque hasta ahora, el mito se había construido a través del drama: la pérdida, el nacimiento del héroe, el advenimiento de su Némesis, etc. Y este final queda desdibujado, asfixiado entre demasiados elementos que no le dejan adquirir la integridad necesaria, resultando en un clímax que peca en los vicios de aquellas otras películas de superhéroes de las que, a lo largo de siete años, había conseguido alejarse.

Recuerdo salir de la sala de cine con cierta tristeza, sabiendo que la película no había cumplido mis expectativas. Pero ahora creo que, en el fondo, lo que más lamento es que todo haya terminado. Porque, es cierto, la película tiene algunas pegas… pero, ¡qué diantres! Han sido siete años realmente buenos.

domingo, 15 de julio de 2012

THE AMAZING SPIDERMAN, de Marc Webb


EL PORQUÉ DE UN REMAKE

Pese a que, como reza el dicho, las comparaciones siempre son odiosas, resulta imposible no evaluar este precoz remake de la aventuras del hombre arácnido a la luz (o, en este caso, a la sombra) de la trilogía dirigida por Sam Raimi y que concluyó hace escasos cinco años. Con tan poca distancia separándola de su antecesora, sobre los hombros de la película de Marc Webb recaía la enorme presión de sorprender a un público que, no sólo había visto al superhéroe realizar todas las peripecias imaginables (además de toda pirueta técnicamente posible), sino que aún las tenía muy presentes en la memoria: así, en The Amazing Spiderman hay una agradecida ausencia de vertiginosos planos Spider-cam, un tono más grave y (pretendidamente) profundo y una aproximación estética más realista que, en manos de Webb, director forjado en la escena indie con la refrescante 500 días juntos, en ocasiones desea aparentar una especie de low budget film superheroico, donde cuentan más las relaciones entre personajes que la acción desenfrenada. Pero los elementos no cuajan y tan loable postura queda en un lastimoso “quiero y no puedo”.

Mismo síntoma que se esconde tras el tagline que acompaña al título de la película: Spiderman, la historia no contada. Como era de esperar, la historia ya había sido contada y, qué decir tiene, mucho mejor que aquí. Cierto que algunos personajes gozan en este título de un corpus más completo, gracias al talento de sus intérpretes (Martin Sheen, impagable como tío Ben, o un genial Rhys Ifans insuflando al villano de un estimable componente trágico), pero aquellas tramas que ya eran lugares comunes para los fans del personaje acaban por desdibujarse, precisamente en ese empeño por querer contar lo mismo pero de otra manera (la vendetta de Peter Parker contra el asesino de su tío, la conflictiva relación con el capitán Stacy o la propia relación paterno-filial entre Peter y el Dr. Connors, el alter ego del temible Lagarto). Lo único que se ofrece y sí cumple lo prometido en el tagline es el misterio que rodea al padre de Peter, irresoluto al final de la película e inevitable invitación para futuras secuelas (como el nombre de Norman Osborn, nombrado constantemente con cierto aire mefistofélico), consolidando la incómoda sensación de que éste es (sólo) un título introductorio de otra trilogía espectacular.

Ante este desaguisado, Webb termina por realizar un ejercicio desapasionado e impersonal que, salvo contadas ocasiones (el antológico cameo de Stan Lee, uno de los mejores de la franquicia y quizá el mejor momento del film), sí que recuerda a una cierta tendencia del nuevo cine independiente norteamericano: aquél desprovisto de ingenio y talento narrativo, más próximo a la TV movie que a las joyas del cine outsider. Otro intento fallido por desmarcarse del acertado enfoque de Raimi (forjado en las auténticas lides del cine independiente), con un personalísimo estilo de marcado gamberrismo pulp (los tentáculos del Doctor Octopus rebelándose en el quirófano en Spiderman 2) que comulgaba a la perfección con el espíritu que desprendían los orígenes comiqueros del personaje. Raimi consiguió conjugar autoría y blockbuster regalándonos una obra igualmente disfrutable por fans y profanos en la materia. Pero ésta ya no es una película para fanáticos. The Amazing Spiderman es un producto diseñado para captar a una nueva generación de público, joven y sin referentes. Un título entretenido pero carente de alma. Un remake cuya naturaleza está definida únicamente por la estrategia comercial.